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¿Por qué Boyhood es tan especial?

Boyhood

¿Qué tiene la película Boyhood que la hace tan especial y diferente? ¿Qué la convierte en un film único? ¿Es por el hecho de que su rodaje necesitó de doce años para completarse, pudiendo así ver como los actores crecían y envejecían al igual que lo hacían sus personajes? Pues sí… y no.

Me explico. Por una parte sí, es inviable tener en cuenta este factor, es decir, que la película necesitara de doce años para ser rodada, algo todavía sin precedentes en la historia del cine, pero esta no es la única razón. El solo hecho de alargar su rodaje en el tiempo no convierte a la película en un buen film porque sí, ni va a ofrecernos automáticamente una mejor historia ni nada parecido. Nada más lejos de la realidad. Entonces, si la duración del rodaje es un hecho fundamental a la hora de ensalzar las virtudes de Boyhood, pero al mismo tiempo no por ello se va a conseguir una mejor película, ¿dónde está la trampa? ¿Cuál es la respuesta correcta? Muy sencillo, esos doce años de rodaje fueron un requisito de la propia historia del film, no un capricho de sus responsables. Eran necesarios para poder contar aquello que la película se proponía narrar, y que no resulta ser otra cosa que capturar la vida de sus personajes. Narrar su vida, su biografía, pero de una forma nunca vista hasta ahora. Si se necesitaron doce años fue porque la historia que se iba a contar abarcaba ese periodo de tiempo, no por otra cosa.

Boyhood I

Esta es la clave para entender la genialidad de la cinta. Para entender lo que su director, Richard Linklater, está tratando de contarnos. En ese sentido es necesario matizar que, al contrario de lo que dicen algunas voces, la película no pretende ser –– y por ello tampoco peca de serlo–– pretenciosa ni grandilocuente. Esto no es para nada cierto. La cinta conoce perfectamente sus limitaciones, como también conoce sus virtudes. No es una enrevesada historia la que trata de sacar adelante, como tampoco lo es el intentar lucir un guion que pretenda mantener en vilo al espectador en base a constantes giros de tuerca.

No, la grandeza de Boyhood reside en el hecho de que atrapa y plasma, tal y como su título en español indica, los momentos que componen la vida. En este caso, la vida de un personaje que va desde los seis a los dieciocho años. Haciéndolo además con una naturalidad envidiable. Nos centramos en él, nuestro protagonista, como también lo hacemos en su entorno y en el resto de personajes que le acompañan. Y aquí cabría hacer una pausa para destacar que tampoco se trata de una historia al uso en cuanto a la división de sus actos, de su estructura, ni en cuanto a perseguir la consecución de un gran arco para sus personajes o dar su historia por finalizada una vez alcanzados ciertos puntos u objetivos ––que además son los mismos que persiguen sus protagonistas durante toda la historia––. No, aquí el objetivo no es otro que seguir a nuestro joven protagonista a lo largo de algunos de los eventos más significativos de su vida ––si bien se hace necesario establecer punto en el que finalizar el film––. De acompañarlo, de compartir su mirada, sus emociones, sus alegrías y frustraciones, sus momentos buenos así como sus momentos menos buenos, pero nada más. Pues en la película, como en la vida real, nos pase lo que nos pase, hemos de seguir adelante. Y aquí sucede lo mismo: hay que seguir siempre adelante.

Booyhood II

Es muy destacable, y meritorio también, comprobar como nosotros, como espectadores, nos vemos interpolados en la ficción al ver en ella un espejo en el que nos reconocemos. Bien porque nos vemos identificados con alguno de los personajes o bien porque él es cómplice de pasar por una situación por la que nosotros ––o alguien cercano a nosotros–– también hemos pasado alguna vez a lo largo de nuestra vida. Al fin y al cabo siempre hay una primera vez para todo y esta película trata sobre eso, sobre primeras veces.

No hace mucho decía Linklater que estaba meditando sobre la posibilidad de realizar una secuela de Boyhood, a pesar de que originalmente no era su intención realizar una continuación y que consideraba que la historia estaba cerrada. O así era hasta ahora. Si bien cabe preguntarse cuándo se puede dar por finalizada una historia, como también cabe preguntarse si puede existir siempre una respuesta ante semejante pregunta. De los veinte a los treinta años es también una edad crucial para el desarrollo de la persona que seremos el resto de nuestra vida. Cada vez se retrasa más la edad en la que maduramos y nos convertimos en adultos, ––de hecho este es uno de los temas más explotados en el cine indie norteamericano de hoy día––, así que, teniendo en cuenta todo esto, así como la enorme calidad que tiene la cinta, no se me ocurre una sola idea por la que no llevar a cabo esa segunda parte.

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