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NIGHTCRAWLER: ¿Entonces la televisión era esto?

Nightcrawler

Dirigida por Dan Gilroy y protagonizada por Jake Gyllenhaal ––sin olvidar que por ahí en medio también aparece Bill Paxton cuando se le requiere––, Nightcrawler (2014) es el sombrío, lúgubre e injusto relato de Lou Bloom, un joven que a pesar de su inteligencia y habilidad no consigue encontrar un modo honrado de ganarse la vida en la cruel ciudad de Los Angeles. Quebrantar la ley se convierte entonces en su único método de supervivencia. Y así lo es, hasta que un día da con la profesión, si así la podemos calificar, que lo aleja de su vida de ladrón aunque no por ello deje necesariamente de delinquir. Nos encontramos, pues, ante un relato cuyo significado es una clara y potente crítica social que bien puede dirigirse a todos los individuos que componen la sociedad, pero a la sociedad como conjunto, y que en la película se divide entre que los que están a un lado y otro de la televisión: los que la hacen o la consumen.

Esta última idea está estrechamente ligada a la historia que nos presenta el film y a su tono de denuncia social. El sensacionalismo, el amarillismo, la ausencia de moral y rigor periodístico, así como la falta de humanidad en favor de la maximización de los datos de audiencia ––que no persiguen sino fines económicos–– son tan solo algunos ejemplos de lo que ––tanto en el film como en al vida real–– nos ofrece la televisión. Y sin embargo el público ahí sigue, inerte frente a la pantalla del televisor. Pero este no es el caso del pez que se muerde la cola. La gente es libre de elegir qué televisión o qué medios de comunicación desea consumir, así como de consumir o no consumir, y  la televisión hace tiempo que dejó de resultar informativa, educativa o entretenida. Tampoco pretendo que mi mensaje se reduzca a la trivialidad de afirmar que la parrilla televisiva ya no ofrezca absolutamente nada que alcance unos mínimos de decencia y que por ello resulte mejor ignorarla, pero sí denunciar que semana tras semana, mes tras mes, año tras año, sean los mismos programas los que copan los índices de audiencia. Los mismos que tan deleznables resultan, y que por otra parte, y aunque eso ya es cuestión aparte, determinan nuestra forma de comportarnos y pensar. Lo hacen, por mucho que a la mayoría de mortales no les guste escuchar esta idea y rápidamente la aborrezcan, tachando de radical y loco a quien así las defiende. No obstante, bien ciertas son. Todo cuanto conocemos y sabemos de este mundo y de su realidad depende de cuanto conocimiento estemos dispuestos a adquirir para nosotros; lo absorbemos de todas aquellas fuentes de información de las que nos rodeamos —incluidas las personas que nos rodean y sus opiniones—. Por lo que sí al final hemos dejado que la única ventana con la que miramos al mundo sea la televisión, ¿qué nos queda mas que repetir como descerebrados aquello que los grandes medios de comunicación nos dictan, por muy poco veraz o sensacionalista que sea lo que éstos digan? Total, como vamos a oponernos a su mensaje si no tenemos otra fuente de conocimiento o información, estando todos a meced de ella y dejando que sea quien construya nuestra vida en más aspectos de los que nos podamos imaginar. Ahora bien, todo esto no es otra cosa que, valga la redundancia, una explicación muy resumida y nada profunda de la idea que defiendo. Permitámonos dejarla aquí y continuar con el film, pues se necesitaría de mucho más tiempo y espacio para desarrollar la idea.

Nightcrawler VI

 

Volviendo a la película, en ella no vemos ninguno de esos aborrecibles reality shows que desgraciadamente tanto gustan, cuyos personajes se convierten para una audiencia pasiva en sujetos de admiración, y su comportamiento se convierte casi de forma automática en un patrón de conducta, pero si vemos la degeneración de otro formato televisivo de mayor importancia: el informativo. Que lejos de cumplir con su deber, y de hacerlo con el rigor esperado, cede ante los desaguisados deseos de sensacionalismo y alarmismo que tan fácilmente sirven de cepo y atraen la atención de las masas. No preocupándose de si para ello ha de renunciar a mantenerse del lado de la verdad. No quizá por mentir expresamente, pero sí por ficcionar, distorsionar u omitir la realidad o parte de ella, pues, al fin y al cabo, estas técnicas tan solo son otra forma de alterar la verdad. Y todo debido a que la única preocupación que inquieta hoy día a un medio de comunicación es la de sobrevivir ––económicamente hablando–– en esta sociedad de mercado que pone al individuo por encima del conjunto. Lo que necesitemos hacer para alcanzar ese objetivo es secundario o no importa. Pero llegados a este punto tomemos una pausa y vayamos par partes.

Primeramente sobre los medios de comunicación y su más que cuestionable forma de actuar. Aquí hay muchos aspectos e información que tratar y analizar, pero como el propósito aquí es reflexionar sobre la película, nos quedamos con lo que en ella aparece. Y en la cinta lo que se muestra —en realidad es solo una parte de un conjunto mucho más amplio— es el funcionamiento de la televisión y de como afecta a su comportamiento interno la salvaje competencia a la que esta sometida al competir con otras televisiones por una serie de recursos limitados: en este caso, la audiencia. Pues lo de lo que se trata es de hacerse con la mayor parte de ella. Que escojan nuestro canal por encima del canal de la competencia. Así, se nos muestra un camino por el que poco a poco el fin justifica los medios. Cualquier cosa es válida para alcanzar nuestro objetivo, incluido el quebranar la ley. Pero de hacerlo de la forma más inhumana posible e imaginable.

Nightcrawler III

 

Y aquí es donde entra la segunda cuestión: la primacía del sujeto individual sobre la sociedad, una de las premisas por antonomasia del liberalismo económico más exacerbado. Con tez fría y sería, Lou no deja que nada se anteponga entre él y su objetivo, conviertiéndose precisamente en individuo, alejado de la sociedad en todas las maneras en las que esto es posible: sin familia, sin amigos, sin pareja, ni tiempo para el ocio o el disfrute de la vida. Por no hacer, ni siquiera duerme. Lo que nos deja el retrato de un humano totalmente deshumanizado. Pero es precisamente esa creación artificiosa la que se demuestra como un virus que destruye la sociedad y los valores humanos en todos sus sentidos. Del progreso estable y del bienestar social. Siendo el más grave de todas estas violaciones contra la humanidad la que termina con el propio individuo, pues su valor, a a ojos de la maximización del beneficio, ha dejado de tener el valor que la vida tiene. Una valor que debiera ser incalculable, pero claro, ese parámetro no hace cuadrar los informes de contabilidad como se querría.

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