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Amores asesinos: El arte no se somete a normas

Kill Your Darlings I

Amores asesinos (Kill your darlings, John Krokidas, 2013) es un canto tanto a la locura colectiva como a la individual; una historia sobre la represión que se encierra bajo el más absoluto clasicismo y se ampara en las normas de la sociedad norteamericana de mediados de siglo XX, como también es un canto a la poesía y al arte, al amor y a la libertad; al amor libre.

La película narra la primera etapa como escritor del poeta Allen Grisburg: sus primeras creaciones y fracasos; sus primeros logros y desaciertos, interpretado en la ficción por Daniel Radcliffe –– ampliamente conocido por su papel de Harry Potter–– y, en el caso de que tengáis en alta estima al joven actor por su papel de mago en la famosa saga antes citada, será mejor que os lo penséis dos veces antes de lanzaros a visionar este film si no queréis que la imagen heroica y correcta que antes teníais sobre él se desmorone por completo. Después no habrá vuelta atrás. Y digo esto no como comentario negativo, sino todo lo contrario, como algo positivo. Radcliffe se adentra a interpretar su papel más completo e inestable hasta la fecha, y lo hace, además, de forma exitosa. Mediante una actuación con matices, que refleja las luces y las sombras de su personaje. Sus altos y bajos. Sus ilusiones y desilusiones. Sus sentimientos y sus apatías.

Del resto del reparto de Amores asesinos destaca también, muy positivamente, los compañeros que dan vida a la Generación Beat que golpeó las aulas de las universidades más prestigiosas de Estados Unidos durante los años cuarenta. Así nos encontramos con Jack Huston como Jack Kerouac; Ben Foster como William Burroughs, y, sobre todo, a Dane DeHaan como Lucien Carr. Este último, seguramente, el que se sumerge en el rol más oscuro, rebelde e inconformista. Necesitando tanto de la presencia de los que están a su alrededor como de su ausencia. Incapaz de alcanzar sus metas por sí mismo, pero consiguiendo estimular, de forma inimaginable, a quienes le acompañan en su aventura.

Kill Your Darlings II

Todos ellos son integrantes de esta llamada Generación Beat, compuesta por escritores norteamericanos durante la década de los cincuenta que planteaban un rechazo a los valores y al clasicismo de la conservadora sociedad en la que habitan, enfrentándose a ésta mediante la animadversión más drástica y absoluta. Sin dejarse condicionar por sus normas a la hora tomar decisiones que les conducen hasta acogerse e incluso ampararse en las drogas como fuente de inspiración, no como un gesto oscuro, como pueda parecer, sino como acción liberal e incluso de redención. Como tampoco lo hacen cuando buscan el ideal que les excuse hacia a una mayor tolerancia y libertad sexual; a la negación a conformar el camino establecido. A la predisposición hacia la espontanead y hacia el camino que enmarca la creatividad, pues consideraban que los oxidados y anticuados modales coartan sus habilidades como artistas tanto como lo hacen con sus particularidades como personas.

La creatividad de unas mentes recién llegadas a la universidad dando un paso adelante en sus vidas que les acerca a la madurez, mientras a su vez les aleja otros dos en distinta dirección. No la opuesta, pero otra distinta, al fin y al cabo. Camino de esa transgresión, de ese concepto que todavía está empezando a florecer en sus mentes. Que los aleja de la represión en la que vivía la sociedad norteamericana en los días de la segunda guerra mundial, de ese temor a expresarse abiertamente y de oponerse a esa obsesión por lo institucionalizado. De dar rienda suelta a la idea que ellos mismos aún estaban formando en sus mentes, de darle forma y de alimentarla hasta crecer lo suficiente como para servirles de excusa. De elemento que les diese la potestad y el poder no buscado, no para imponer su estilo de vida y su modo de ver las cosas, pero si necesitando de ésta potestad para que su experimento sobreviviese; para que ellos sobreviviesen.

Y es en ese contexto, en esa misma locura, donde es situado el joven Grisburg, con una madre que padece problemas mentales, simbolizando su lado irracional y su lado creativo/artístico, coartado y oprimido, tal como ella lo está, y un padre, ocupando el lugar de la parte racional, correcto y seguidor de las normas sociales, que carece de objetivo y motivaciones en la vida, o que, en los aislados casos en que parece tenerlos, no ambiciona moralidad alguna a la hora de conseguirlos. Actuando de forma semejante al resto de la sociedad que rodea a Grisburg y que tanto rechazo le genera en esta poética película que es Amores asesinos.

 

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