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LE WEEK-END: ¿Y ahora qué?

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Le Week–End (Roger Micheli, 2013) nos presenta a Nick y a Meg, una entrañable pareja sexagenaria que, con motivo de su treinta aniversario, decide pasar un fin de semana romántico en la ciudad del amor: Paris. A pesar de ello, la película no se reduce a un simplista retrato sobre las relaciones de pareja. El amor puede ser tan profundo como desagradable, tan fiel y romántico como traidor y rutinario, y solo a través de la experiencia de toda una vida es capaz de enseñarnos como son realmente todos los aspectos que lo componen, cómo son realmente las personas y cómo es realmente el amor. Y qué mejor que ésta, en principio entrañable pareja, lo que cualquiera podría desear o aspirar a ser, cuando se trata de relaciones, para adentrarnos en un viaje en el que poco a poco, somos testigos de como se desvanece ese mito del amor eterno, perfecto y gratificante, al que se nos induce desde una industria cultural, que en términos generales, resulta poco estimulante y reacia a mostrar cualquier aspecto que se salga de lo establecido, pudiendo con ello desagradar al espectador más autocomplaciente y menos crítico, al mostrar la faceta más cruda y más dura de eso que llaman amor.

Y no es que la película se proponga a toda costa desmontar pieza por pieza el romántico sentimiento o pretenda realizar un frío y meticuloso análisis sobre éste. No, no es nada de eso. Al contrario. El propósito que persigue el film es tratar de acercarse lo máximo posible a la realidad, a la experiencia que supone el día a día para una pareja como Nick y Meg, tras tantos años juntos. Cuando el tiempo ha arrastrado por completo la ilusión y la espontaneidad del amor primerizo hasta sumergirlo en la aciaga tragedia que supone el simple pero opresivo hecho de afrontar el día a día, ese en el que la repetición, en el que la aliteración de las mismas acciones, una vez tras otra, conduce de forma inevitable a reproducir el mismo sentimiento de frustración y agotamiento que experimentamos en nuestra vida, de forma personal e individual, y lo dirijamos hacia la persona que se encuentra a nuestro lado, como método para buscar el alivio de uno mismo. Sin pensar en la otra persona, quien en realidad debería ayudarnos a superar esa situación, esa crisis espiritual, mas que en una mera válvula de escape para nuestra ira. Algo que quizá antes si hacía –ofrecer su apoyo– pero que ahora ya no, porque en su lugar ésta también se encuentra en el mismo nivel de cansancio y debilidad en el que nosotros mismos nos encontramos, imposibilitando así el que puede prestar su apoyo. Mas si en lugar de ofrecer el nuestro, también optamos por focalizar nuestro esfuerzo hacia aspectos negativos y dejarnos vencer por la maldecida rutina, la relación inevitablemente se encaminará hacia su final. Ese que se ve tan oscuro, que se siente tan temeroso y, que en principio, todos sienten tan lejano a él que no creen necesitar preocuparse ante lo que es ya su inminente llegada. No obstante, la vida es un complejo circulo de emociones en el que todo llega, y cuando lo hace descubrimos que su presencia golpeará nuestras vidas de forma desigual dependiendo de ciertos factores, pues, para empezar, no es lo mismo el amor cuando se es un adolescente despreocupado de la vida, que cuando se es una madre que ha de cuidar de sus hijos tanto como de sí misma.

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Pues si la llegada de los hijos afecta a la concepción de la pareja, la ida de éstos y la jubilación de los padres supone el siguiente gran punto de inflexión:

-Once the kids have gone, what’s left of us?

-You’ve picked our anniversary to dump me?

El camino que toma la cinta para retratar esta odisea sentimental es impulsar a los personajes a alejarse de esa cotidianidad ––su viaje a París, el mismo lugar en el que treinta años antes celebraron su luna de miel––, para comprobar como sus acciones, tan arraigadas en la rutina, les llevan prácticamente construir su día como si se tratará de uno más. A repetir las mismas acciones, diálogos, discusiones y actividades a las que tan malamente se han acostumbrado. Consiguiendo escapar de ellas, como de la rutina, en contadas ocasiones. Si bien el film también parece necesitar de introducir ciertos elementos a la hora de estructurar y elaborar la trama que pecan, precisamente, de repetitivos ––como el personaje interpretado por un siempre carismático Jeff Goldblum––. No obstante, y muy importante, merece la pena destacar, muy positivamente, que la película no se propone encaminar sus pasos hacía una innecesaria –y repetitiva–– redención para sus personajes o a una gran conclusión moralista sobre el tema que explota. Pues no hay mejor moraleja que la que se expone durante cada instante, cada segundo de metraje del film, en el que simplemente se nos pretende retratar y trasmitir lo que el amor y el matrimonio suponen para una pareja de sesenta años, golpeada por la cotidianidad y la falta de motivación de nuestra sociedad, en la que ya no hay cabida para lo entero, en la que ya no importa todo lo que les ha unido en el pasado, pues solo preocupa el ahora.

 

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