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BLUE RUIN: La dualidad del ser humano

Blue Ruin IV

Blue Ruin (Jeremy Saulnier, 2013) nos presenta la historia de Dwight, en lo que en un principio se antoja como el relato de un hombre sin techo, sin trabajo y sin nadie en quien apoyarse con objeto de sobrellevar la desgracia que le acompaña, para, una vez aferrado el espectador a esta premisa –algo que ocurre todavía muy al principio de la película–, dar un temprano giro de tuerca. Cuando nos hacemos una idea –o creemos hacérnosla– de cómo es el día a día de Dwight, la película da un giro importante, y lo que hasta ahora nos parecía la historia de un hombre luchando por sobrevivir en un mundo cruel, sin más herramientas que la que le proporcionan sus cansadas manos y su mermado espíritu, pasa a convertirse en uno de los relatos más intimistas y cercanos sobre el deseo venganza que jamás se hayan plasmado en el séptimo arte.

Seamos sinceros: no sería justo equiparar la película a otros títulos clásicos que han tomado la venganza como el tema central de su trama –tampoco lo vamos a hacer–, pero no cabe duda de que el tratamiento así como el enfoque y la puesta en escena llevados a cabo en Blue Ruin, sobre ésta primitiva necesidad de justicia extrapolada de un ámbito totalmente personal, nada tiene que ver con el resto de producciones que desde Hollywood no dejan de llegarnos año tras año.

Blue Ruin III

No solo nos referimos a títulos que claramente basan su premisa en este sentimiento, como pueden ser el caso de Venganza (2008) o Sed de Venganza (2011), por citar algunos de los ejemplos más evidentes y recientes, sino que nos referimos, en general, a todo el cine contemporáneo, visto desde su perspectiva más amplia. Pues el odio es uno de los –muchos– sentimientos sufridos y experimentados por el ser humano y que forma además parte indiscutible –e inseparable– de éste. Y el deseo de venganza no es más que un derivado, una ligera metamorfosis, un hijo bastardo del primero, del odio, que habita irremediablemente en todos nosotros. Que escuchemos las palabras que susurra a nuestro oído o hagamos caso sumiso de ellas, dependerá de cada persona, si bien el poder deshacernos de ellas no necesariamente implica el no cometer crímenes atroces, sino más bien el no vivir con ese sentimiento de odio envenenando nuestra mente y nuestros pensamientos, dejando florecer las más oscuras fantasías de venganza, aún por mucho que jamás nos propongamos realmente –ni por asomo– el llevarlas a cabo. Pues aún en esta última situación, no el cometer el crimen pero sí fantasear con la desgracia ajena, la que desgraciadamente es la más común en nuestra sociedad, habremos perdido la batalla contra la sed de venganza, permitiendo que viva en nuestra mente, intoxicándola y dejando que ello condicione el resto de actos e ideas de nuestro día a día.

Y es toda esta doble dualidad del ser humano, batalla que nos enfrenta contra esa parte a la que renunciamos u ocultamos por distintas razones –sociales, éticas o morales, penales o religiosas–, enfocada a su necesidad de venganza, la que se convierte en el conflicto interior de su personaje protagonista, Dwight. Llegados a este punto nada de grandes héroes, como los mencionados en los títulos anteriores. Dwight es humano. De hecho, una de las mayores cualidades de la cinta es la de elegir por protagonista a un personaje que, tanto a nivel físico como psicológico, no podría estar más incapacitado para cumplir con el cometido de su misión: vengar un asesinato; pagar sangre con sangre. Y es precisamente esta incapacidad, esta debilidad, la que dará lugar al desarrollo a los conflictos del film así como a sus respectivas resoluciones, que a la vez desencadenarán en nuevos conflictos.

Blue Ruin I

Si bien para ello en ocasiones se recurra, quizá con demasiada frecuencia, a pequeñas trampas, que ayudan no solo a hacer avanzar la historia sino que provocan también que no perdamos interés durante su desarrollo. Un viaje con claros tintes de odisea cuyo destino no conduce sino hacía la propia autodestrucción de nuestro protagonista, pues, en cierto modo, y cómo muchas otras obras rescatan como conclusión moralista al tratar el tema, la venganza y la obsesión que de ella se desprende y que nos impulsa a continuar no es sino un vehículo que conduce hasta la propia destrucción.

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